El día que Twitter calló a Trump

O cómo Jack Dorsey juega Calvinball

Calvinball es un deporte que solamente existe en el mundo ficcional de Calvin y Hobbes, la clásica tira cómica del genio Bill Watterson. Calvin, un niño protofascista de seis años aproximados, inventó un juego de pelota, calvinball, donde las reglas van cambiando según su parecer.

La idea de comparar el juego de calvinball con las reglas de juego de Twitter no es mía. La leí primero a Zeynep Tufecki, autora del libro Twitter and Teargas, a raíz del cierre de la cuenta de Donald Trump. ¿Estuvo bien que Twitter le haya cerrado la cuenta a Trump? ¿Por qué hoy y solamente después del asalto al Capitolio norteamericano (y después del triunfo del Partido Demócrata en el Senado, con lo que tendrían control del Ejecutivo y el Legislativo en dicho país)? ¿Por qué no hace meses, cuando convocaba a sus legiones a actuar violentamente? ¿Por qué no cuando llamó “Proud boys” (chicos de orgullo) a las hordas nacionalistas y supremacistas blancas? Ciertamente Twitter es una empresa privada y bajo ciertos argumentos pueden hacer lo que quieran. Bajo una mirada liberal, uno finalmente puede salirse de Twitter si es que las reglas de juego no te gustan y encontrar tu propia “red social”; o crear tu blog, tu web, tu espacio. No hay una afección a la libertad de expresión si te cierran la cuenta.

Pero el tema es que las reglas de juego no son transparentes. Son opacas. No funcionan igual para todos los países. Puedes tener personas en otros países que cometen las mismas faltas que sirvieron de excusa para el cierre de la cuenta de Trump y no pasa nada. Personas también con poder y audiencia lanzando discursos de odio o llamando a que no se vacunen o que consuman algún brebaje perjudicial. Y Twitter (o Facebook o Youtube) son espacios tan grandes que se confunden con espacios públicos, porque lo que ocurre allí forma corriente de opinión pública. Y la llave de quién está invitado o no al espacio está en pocas manos.

Esto sin hablar de que las propias plataformas de “redes sociales” (o social media, que sería el término técnico) han incorporado con los años una serie de formas para estar permanentemente pegados a ellas. La tecnología push que nos notifica cuando alguien ha hecho un comentario, like o compartido algo que hayamos publicado. La búsqueda incesante de reconocimiento, a través de la lógica de los likes que no es otra cosa que la incorporación de lógicas lúdicas (o gamificadas) para competir con nuestras publicaciones las pubicaciones de otros (y la dopamina que se produce con cada nuevo like). Los algoritmos que fungen de curadores artificiales de contenidos, que nos muestran aquellas publicaciones más adecuadas a nuestro perfil sociocultural (construido a su vez con la información que generamos con cada texto que escribimos, cada foto, cada like, cada comentario, etc.). El resultado no ha sido espacios públicos plurales, por el contrario han sido por un lado el fortalecimiento de las cámaras de eco (leemos lo que los algoritmos creen se acerca a nuestro perfil y por ende nuestro punto de vista se fortalece); cuando no se alimenta lo que se ha llamado la “gamificación del odio”: una competencia incesante buscando likes y reconocimiento por quienes producen contenidos con discursos de odio alentando la misoginia, la xenofobia, la homofobia, la discriminación étnico-racial, el clasismo. Ese es el legado de estas plataformas construidas encima de internet.

Nuevamente, esto no es algo que viene de hoy. No es una crítica reciente. Es una crítica que tiene años ya. Podríamos aquí citar el libro previsor de Evgeny Morozov, Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom. Desde una perspectiva marxista, el capitalismo es tan formidable que cogió una idea aparentemente innovadora como el internet (creado por ingenieros recontra nerds con jefes militares que no entendían qué pasaba) y lo convirtieron en una máquina monstruosa de generar millones de dólares para unos pocos donde todos trabajamos gratis para ésta a cambio de instantes de dopamina. Y esta máquina ha permitido la amplificación de millones de voces, entre ellas voces de odio. Y el resultado no ha sido más democracia, sino, por el contrario, el debilitamiento de la misma.

¿Qué hacer entonces? Cualquier salida es complicada. Claramente lo que tenemos hoy no puede seguir ocurriendo. Las corporaciones que están detrás de Twitter, Facebook, Youtube, no pueden actuar con reglas opacas o cambiantes, un día permitiendo a un usuario escribir y promover acciones a través de discursos de odio y el otro día cerrando la cuenta. Tampoco pueden ser opacas con sus curaciones artificiales de contenidos. Ojo que ni un medio de comunicación serio es opaco con sus reglas y principios rectores; todos mal que bien publican sus reglas éticas y exigen a sus lectores y comunidad de consumidores que les digan cuándo se salen de ellas. Algunos medios más avezados incluso tienen un Defensor del lector. Hay un papel de la sociedad civil clave que hoy ya está pidiendo mayor transparencia. Y un papel también desde los estados, que finalmente responden a las personas y tienen una obligación de ser transparentes con la sociedad.

Es un callejón sin salida en el que nos encontramos. Desde el Perú todo parece tan lejano, aunque ya vemos cómo ciertas tendencias en redes crecen (como los antivacunas o los que promueven brebajes mágicos contra la COVID). La salida que encontremos no será la mejor, pero tampoco es que estemos hoy por hoy en el mejor de los escenarios.